Hoy cumplo una semana con un fuego en la boca.
Tengo mis teorías sobre las causas detonantes de mis fuegos, que no siempre tienen mucho que ver con las teorías médicas. Una vez un homeópata me recetó unos chochos con un medicamento que prometía curarlos. Acompañó su frasquito con la indicación de dejar de tomar café y refrescos de cola, dormir mínimo ocho horas diarias, no fumar, no ingerir bebidas alcohólicas, no preocuparme, no asolearme, no caminar descalzo y no recuerdo que cosas más. Lo que si recuerdo es que después de la larga lista de indicaciones me hice el ánimo de que me iban a seguir saliendo fuegos de por vida.
Este reciente episodio tiene dos posibles causas, la primera que pensé, es que fue por lavar al carro bajo el sol y luego entrar descalzo a la casa. La segunda posible causa es que mi esposa, que tiene la "curiosa" costumbre de rellenar frasquitos, rellenó un envase de crema para la cara, con una crema rara con brillos dorados, muy apropiada para Paulina Rubio, pero muy desafortunada para un oficinista, ya que me hizo andar con la cara con brillitos dorados todo el día y ser la envidia de mis compañeras.
No se siente uno muy bello con estas tarugadas explotando en la boca, mucho menos, cuando como en mi caso, se ve uno obligado a exhibirlas toda una semana en un congreso con 1200 personas, en donde a todos los mandan "con él" (o sea, conmigo) para una cosa o para otra.
Es muy frustrante ver como, cada que parece que ya se cura, viene algún pendejo y me hace reir, partiéndoseme de nuevo la jeta y teniendo que volver a cicatrizar desde cero.
Luego de este preámbulo, viene pues el consejo para el cuidado de los fuegos, el famoso herpes labial:
NO HAY UNA SOLA MALDITA POSIBILIDAD DE CUIDAR ESTAS MADRES, UNA VEZ QUE EMPIEZA UNO A SENTIR UNOS BRINQUITOS COMO QUE UNA HORMIGA BAILA EN SU BOCA, ESTÁ UNO JODIDO. MÍRESE EN UN ESPEJO Y RECUÉRDESE BIEN, PORQUE LA SIQUIENTE SEMANA SE VA A VER MÁS MADREADO QUE PÁVEL PARDO, DE MODO QUE SI YA SE CONSIDERABA USTED FEO, MALDIGA SU SUERTE QUE ESTO VA PA' PEOR.
Sólo resta hacerse el ánimo de que va uno a verse como Polifemo unos días, olvidar que fue uno guapo y limitarse a permanecer en segundo plano cuando las chicas guapas estén alrededor, no sea que nos vean así de madreados y aún luego, ya curados conserven el recuerdo indeleble de lo tirado a la calle que se veía el día que lo conocieron.
Galatea, otro día será.
Perfil pirómano.
Las cosas que piensa alguien de 50, que siente que se salió del molde, pero que la verdad en el espejo se ve muy normal. Lo escrito simplemente brota de mi cerebro que en algunas partes está como nuevo y en otras francamente atrofiado. Lo he frenado por años porque creo que no lleva a nada, pero luego de tanto, entiendo que publicarlo tampoco lleva a nada. Así que como dice una frase que le oí a Shrek en su traducción al español: "mejor afuera que adentro". Saludos.
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lunes, 4 de abril de 2011
martes, 11 de mayo de 2010
Insomnio de una noche de verano.
Bueno. Estoy aquí escuchando a Astrud Gilberto, en un rato de descanso después de cargar unas cajas acompañado (ayudado) por una atlética y enérgica morenita, pensando en el menú para medio día.
Como algo que realmente no sucedió, recuerdo mi mala noche.
Estos últimos días ha hecho un calor que invita a asomarse a la ventana y fantasear con palmeras meciéndose al son de alguna canción cubana, al tiempo que la brisa marina refresca nuestro rostro y un azucarado mojito hace lo propio con nuestro sediento ser. Nada más lejos.
En cambio hizo un calor terrible, sólo levemente atenuado por una pequeña llovizna a las diez de la noche.
Como siempre, cubro mi cara con la almohada y más pronto que tarde caigo dormido, sin saber si es mi propensión al sueño, el ambiente casi casi uterino que percibo al tener algo cálido en la cara y nada más que oscuridad o de plano que medio me ahogo y la falta de oxigeno me hace desmayarme. Como sea funciona.
Entre sueños percibo un zumbido incómodo que casi nunca oigo, pero que hoy escucho por encima de los gallos locos que cantan toda la noche allá en el pueblo.
El zumbido no se calla. Es la bomba que sube el agua de la cisterna al tinaco.
Me levanto y a ciegas pero con precisión qurúrgica alineo mis pies y los deslizo para encajar justo en mis chanclas de orcapollo. Camino del cuarto a la sala, que es algo así como mi pequeño triángulo de las bermudas, ya que es un pequeño espacio donde el tiempo no existe, donde reina la confusión y no sabe uno ni qué hora es. Esto se debe a que tengo tres relojes y cada uno indica una hora diferente.
El microondas que alcanzo a ver desde aquí a veces dice cero y otras cualquier hora entre las cero y las veinticuatro. Veo también el reloj de pared de la sala, que tiene la hora de algún universo paralelo fijada hace tal vez un año y regida caprichosamente por la pila baja que empuja la manecilla de los segundos temporalmente asimétricos. Mi última referencia es el reloj de la "casita" de mi Ipod, que podría marcar la hora correcta, si Doña Chelita no la desconectara cada que viene a asear la casa. Algo raro pasa con este reloj, y tal vez la madrugada no sea el mejor momento para discernir sobre el asunto, pero pienso que, aunque el reloj digital cuenta con una batería de respaldo, tal vez en un afán de ahorrar batería, el reloj camina más lento. O podría ser que ante la ansiedad de no saber cuándo será nuevamente descubierto con la clavija fuera de lugar, los minutos se vuelven interminables, con el consecuente retraso.
En la oscuridad promedio mis tres relojes y me indican las tres de la mañana. El zumbido no cesa.
¿alguien está lavando la ropa de todo el verano en este momento? ¿dejaron una llave abierta? ¿se pegó el flotador del tinaco?
Decido acostarme y olvidarme del asunto, pero mis oídos no quitan el dedo del renglón... ¿mis oídos tienen dedos? válgame... otra noche pienso en eso, que ahora estoy ocupado con el zumbido.
Cubro mis sensuales calzones de manga larga (que a veces sobresalen bajo mis shorts) con mi pijama de cuadritos y salgo a observar el edificio desde la cochera el busca de algo anormal: Todo perfecto. Subo los cuatro pisos que me separan de la azotea, me cuelgo de la escalera estilo bombero para ir a donde los tinacos: Todo normal. Decido no caminar por arriba ya que algún vecino modorro podría confundirme y en lugar de ver a su vecino bondadoso cuidando el agua que habremos de heredar a nuestros retoños, podría estar viendo al delincuente que intenta observar a su esposa tirada con poca ropa en su cama, o bien podría pensar que soy un mal vecino tratando de hurtar su tinaco lleno de agua. Mejor me quedo con lo que vi y vuelvo a la casa.
Me siento más tranquilo ahora que se que el tinaco no reboza de agua por sus bordes y constaté que la llave de la cochera no tira agua.
El zumbido sigue ahí.
Me acuesto de nuevo, creo mi ambiente uterino y trato de dormir.
Giro a un lado pero no puedo dormirme porque siempre que me acuesto de ese lado se me tapan los poros de la nariz, así que me giro al otro. Sólo así puedo respirar. ¿cómo una nariz tan bonita puede funcionar tan mal? ¿serían los forceps?.
¿Qué está pensando ese maldito gallo? ¿mi reloj estará mal? ¿serán las seis? ¿será un gallo francés? ¿vivirá lejos? ¿qué hace un gallo en la zona urbana? ¿lo tendrán para no tener que ir a comprar huevos a el mercado? ¿los gallos ponen huevos?
Algo cambia en el ambiente que me saca de mis cavilaciones. Después de un rato y de pegar mi oído a la pared noto que el zumbido cambió. Escucho algo pero no es la bomba. Creo que es el compresor del refrigerador. ¿por qué no se apaga el refrigerador? ¿por el calor?
Me recuesto de nuevo. Quiero ir al baño. Chanclas, camino, entro al baño a oscuras y recuerdo la cucaracha del otro día. ¿y si una cucaracha me acecha desde la oscuridad tratando de pegar sus patas velcrosas en mis piernas? ¿y si, como le pasó a aquél ex-tío, me empieza a curiosear en salva sea la parte? (con el ex-tío fue una rata). Mejor enciendo la luz. La luminosidad me pega como tablazo en la cara. Observo cuidadosamente y no veo nada. Nada.
Sigo sentado en mi trono. Soy un rey. Veo la revista de chismes y la abro en cualquier página. El hermano de Mi pequeña golosa se va a la guerra. ¿un soldado americano gana cincuenta mil pesos al mes? ¿si lo matan vale cinco millones de pesos? Michele Vieth debe estar muy esperanzada de que maten al hermano para no tener que volver a trabajar. Mejor vuelvo a la cama que se hace más tarde de la hora que desconozco que es ahora.
Me acomodo en mi cama, me auto asfixio lentamente hasta que me gana el desmayo... ¿que canción es esa? ¿qué me recuerda?
Es mi alarma. Debo irme a trabajar y ahí está ese zumbido de nuevo.
Tengo que averiguar quién tira tanto el agua. Otro día será, porque se me hace tarde.
Gilberto sigue cantando y me trae de regreso con la chica de Ipanema. Hace algo de hambre. Voy por un café que espero me sepa a mojito y esperare a que el acondicionador de aire suelte su suave brisa. Brisa de mar.
Soy Perfil Bajo, de los Ruiz de Nochistlán.
Como algo que realmente no sucedió, recuerdo mi mala noche.
Estos últimos días ha hecho un calor que invita a asomarse a la ventana y fantasear con palmeras meciéndose al son de alguna canción cubana, al tiempo que la brisa marina refresca nuestro rostro y un azucarado mojito hace lo propio con nuestro sediento ser. Nada más lejos.
En cambio hizo un calor terrible, sólo levemente atenuado por una pequeña llovizna a las diez de la noche.
Como siempre, cubro mi cara con la almohada y más pronto que tarde caigo dormido, sin saber si es mi propensión al sueño, el ambiente casi casi uterino que percibo al tener algo cálido en la cara y nada más que oscuridad o de plano que medio me ahogo y la falta de oxigeno me hace desmayarme. Como sea funciona.
Entre sueños percibo un zumbido incómodo que casi nunca oigo, pero que hoy escucho por encima de los gallos locos que cantan toda la noche allá en el pueblo.
El zumbido no se calla. Es la bomba que sube el agua de la cisterna al tinaco.
Me levanto y a ciegas pero con precisión qurúrgica alineo mis pies y los deslizo para encajar justo en mis chanclas de orcapollo. Camino del cuarto a la sala, que es algo así como mi pequeño triángulo de las bermudas, ya que es un pequeño espacio donde el tiempo no existe, donde reina la confusión y no sabe uno ni qué hora es. Esto se debe a que tengo tres relojes y cada uno indica una hora diferente.
El microondas que alcanzo a ver desde aquí a veces dice cero y otras cualquier hora entre las cero y las veinticuatro. Veo también el reloj de pared de la sala, que tiene la hora de algún universo paralelo fijada hace tal vez un año y regida caprichosamente por la pila baja que empuja la manecilla de los segundos temporalmente asimétricos. Mi última referencia es el reloj de la "casita" de mi Ipod, que podría marcar la hora correcta, si Doña Chelita no la desconectara cada que viene a asear la casa. Algo raro pasa con este reloj, y tal vez la madrugada no sea el mejor momento para discernir sobre el asunto, pero pienso que, aunque el reloj digital cuenta con una batería de respaldo, tal vez en un afán de ahorrar batería, el reloj camina más lento. O podría ser que ante la ansiedad de no saber cuándo será nuevamente descubierto con la clavija fuera de lugar, los minutos se vuelven interminables, con el consecuente retraso.
En la oscuridad promedio mis tres relojes y me indican las tres de la mañana. El zumbido no cesa.
¿alguien está lavando la ropa de todo el verano en este momento? ¿dejaron una llave abierta? ¿se pegó el flotador del tinaco?
Decido acostarme y olvidarme del asunto, pero mis oídos no quitan el dedo del renglón... ¿mis oídos tienen dedos? válgame... otra noche pienso en eso, que ahora estoy ocupado con el zumbido.
Cubro mis sensuales calzones de manga larga (que a veces sobresalen bajo mis shorts) con mi pijama de cuadritos y salgo a observar el edificio desde la cochera el busca de algo anormal: Todo perfecto. Subo los cuatro pisos que me separan de la azotea, me cuelgo de la escalera estilo bombero para ir a donde los tinacos: Todo normal. Decido no caminar por arriba ya que algún vecino modorro podría confundirme y en lugar de ver a su vecino bondadoso cuidando el agua que habremos de heredar a nuestros retoños, podría estar viendo al delincuente que intenta observar a su esposa tirada con poca ropa en su cama, o bien podría pensar que soy un mal vecino tratando de hurtar su tinaco lleno de agua. Mejor me quedo con lo que vi y vuelvo a la casa.
Me siento más tranquilo ahora que se que el tinaco no reboza de agua por sus bordes y constaté que la llave de la cochera no tira agua.
El zumbido sigue ahí.
Me acuesto de nuevo, creo mi ambiente uterino y trato de dormir.
Giro a un lado pero no puedo dormirme porque siempre que me acuesto de ese lado se me tapan los poros de la nariz, así que me giro al otro. Sólo así puedo respirar. ¿cómo una nariz tan bonita puede funcionar tan mal? ¿serían los forceps?.
¿Qué está pensando ese maldito gallo? ¿mi reloj estará mal? ¿serán las seis? ¿será un gallo francés? ¿vivirá lejos? ¿qué hace un gallo en la zona urbana? ¿lo tendrán para no tener que ir a comprar huevos a el mercado? ¿los gallos ponen huevos?
Algo cambia en el ambiente que me saca de mis cavilaciones. Después de un rato y de pegar mi oído a la pared noto que el zumbido cambió. Escucho algo pero no es la bomba. Creo que es el compresor del refrigerador. ¿por qué no se apaga el refrigerador? ¿por el calor?
Me recuesto de nuevo. Quiero ir al baño. Chanclas, camino, entro al baño a oscuras y recuerdo la cucaracha del otro día. ¿y si una cucaracha me acecha desde la oscuridad tratando de pegar sus patas velcrosas en mis piernas? ¿y si, como le pasó a aquél ex-tío, me empieza a curiosear en salva sea la parte? (con el ex-tío fue una rata). Mejor enciendo la luz. La luminosidad me pega como tablazo en la cara. Observo cuidadosamente y no veo nada. Nada.
Sigo sentado en mi trono. Soy un rey. Veo la revista de chismes y la abro en cualquier página. El hermano de Mi pequeña golosa se va a la guerra. ¿un soldado americano gana cincuenta mil pesos al mes? ¿si lo matan vale cinco millones de pesos? Michele Vieth debe estar muy esperanzada de que maten al hermano para no tener que volver a trabajar. Mejor vuelvo a la cama que se hace más tarde de la hora que desconozco que es ahora.
Me acomodo en mi cama, me auto asfixio lentamente hasta que me gana el desmayo... ¿que canción es esa? ¿qué me recuerda?
Es mi alarma. Debo irme a trabajar y ahí está ese zumbido de nuevo.
Tengo que averiguar quién tira tanto el agua. Otro día será, porque se me hace tarde.
Gilberto sigue cantando y me trae de regreso con la chica de Ipanema. Hace algo de hambre. Voy por un café que espero me sepa a mojito y esperare a que el acondicionador de aire suelte su suave brisa. Brisa de mar.
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