Luego de algunos días en que no he logrado quedar bien conmigo mismo, he estado notando recurrentes señas de que en realidad no estoy quedando bien con nadie.
Aunque las lecciones de vida siempre recomiendan anteponer el bien propio al de todos los demás, nunca falta que ande uno preocupándose por quedar bien con las personas, y con nuestros recursos e ingerencia limitada en las vidas ajenas andamos procurándoles la ansiada felicidad.
En el trabajo no quedo bien con nadie porque soy un chipote pegado en una esfera laboral más grande, a la que no puedo entrar, así que me conformo con vivir la mejor vida que como chipote puedo llevar. No puedo tener objetivos propios porque mi voluntad no es tomada en cuenta, así que llevo un par de años yendo a donde me lleven. Como no tengo confianza en nadie, no tengo amigos, ya que todo lo que diga puede ser usado en mi contra. En boca cerrada no entran moscas.
Llegar a casa luego de un mal día en el trabajo tampoco contribuye a hacer felices a los habitantes de mi hogar, ese que con tantos sueños formé hace ya casi 20 años.
Ni hablar de las insatisfacciones que causo aquí y allá mientras me transporto de uno a otro de mis entornos diarios.
Los regalos caros proporcionan una satisfacción muy volátil que la verdad no vale lo que cuesta. Creo que los regalos caros que he hecho no van a ser recordados cuando yo ya no esté, así que debo recordarme hacer algunos ajustes presupuestales para ya no seguir tratando de comprar cariño. El que me quiera que me quiera como pueda, el que no me quiera que no me quiera.
La satisfacción que no se vé es gratis y la única señal que puede apreciarse desde fuera es la de la famosa "sonrisa de satisfacción", la satisfacción inducida sale muy cara porque casi siempre se logra a través del dinero y dura lo mismo que dura un concierto, la panza llena o el gadget antes de descomponerse o que se lo roben.
Voy a tratar de hacer las cosas que me hagan sentir feliz y satisfecho de a gratis, pero por lo pronto voy a tomar un poco de impulso con una hamburguesa a modo de satisfacción pagada.
Ni yo me entendí.
Soy Perfil Bajo, de los Ruiz de Nochistlán.
Las cosas que piensa alguien de 50, que siente que se salió del molde, pero que la verdad en el espejo se ve muy normal. Lo escrito simplemente brota de mi cerebro que en algunas partes está como nuevo y en otras francamente atrofiado. Lo he frenado por años porque creo que no lleva a nada, pero luego de tanto, entiendo que publicarlo tampoco lleva a nada. Así que como dice una frase que le oí a Shrek en su traducción al español: "mejor afuera que adentro". Saludos.
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martes, 22 de febrero de 2011
martes, 15 de febrero de 2011
El error.
Que feo es cuando caes en cuenta de que cometiste un error en una decisión de esas que no tienen revés.
Llevo varios meses pensando sobre el tema y no haciendo mucho caso, pero después de hacer cuentas y buscar matemáticamente la forma de que parezca menos evidente es imposible negar que me equivoqué.
En una de esas intersecciones de la vida me vine por el camino largo. No es la primera vez que me sucede, pero esta fue una muy clara equivocación.
¿Cómo se perdona uno estas cosas?
Luego de un año, con toda la evidencia en mi escritorio, es como tratar de esconder un elefante. Que pinche error.
Ni hablar.
Espero pronto encontrarme con algun atajo que me haga pensar que esto fue lo mejor y me facilite el autoperdón, pero me cae que ahorita no puedo.
Soy Perfil Bajo, y estoy encabronado.
Llevo varios meses pensando sobre el tema y no haciendo mucho caso, pero después de hacer cuentas y buscar matemáticamente la forma de que parezca menos evidente es imposible negar que me equivoqué.
En una de esas intersecciones de la vida me vine por el camino largo. No es la primera vez que me sucede, pero esta fue una muy clara equivocación.
¿Cómo se perdona uno estas cosas?
Luego de un año, con toda la evidencia en mi escritorio, es como tratar de esconder un elefante. Que pinche error.
Ni hablar.
Espero pronto encontrarme con algun atajo que me haga pensar que esto fue lo mejor y me facilite el autoperdón, pero me cae que ahorita no puedo.
Soy Perfil Bajo, y estoy encabronado.
lunes, 5 de julio de 2010
Grigori Perelman rechaza premio de un millón de dólares
Dos noticias de hoy comparten que el dinero no es tan importante en la vida, aunque los ejemplos son polos opuestos.
Por una parte, leo que Carlos Slim vive modestamente (dice su biógrafo) con 27,000 dólares al mes y que usa ropa de una de sus fábricas (que ahorrador, compró una fábrica para que le saliera gratis la ropa), que usa un reloj del modelo más sencillo de rolex o algo así, tiene 72000 obras de arte, casi 200 empresas, todo con un valor de más o menos 60,000 millones de dólares. Él está consciente de que nada nos llevamos de este mundo, y que sólo dejamos en él el recuerdo de nuestros buenos actos y la buena formación de nuestros hijos.
Por otro lado, y hombro a hombro con la noticia de Slim, se anuncia que el matemático Ruso, Grigori Yakovlevich Perelman, se negó a recibir el premio de un millón de dólares por haber desenmarañado el problema matemático planteado por Poincaré en 1904.
Lo curioso es que este segundo ejemplo no es el de un rico que dice que el dinero es lo de menos, sino que por el contrario, este se mueve en metro y vive con su mamá, de su raquítica pensión y pequeñas inversiones en la bolsa, utilizando sus modelos matemáticos. No se afeita y anda por ahí con ropas raídas por los años de uso.
El asunto interesante es que mientras que para uno el dinero ha representado el poder para ayudar a otros y le ha permitido convertirse en el hombre más rico del mundo, para el otro, sólo representa un premio inmerecido, por resolver un planteamiento matemático que según su propia opinión, ni siquiera los especialistas de la academia que lo premia están calificados para comprobar.
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhdWRP7cxvj3k5RReqbFO1JvU4xicBprfqhsc59BldBm_EGmAlcfVaSeRs7U04ZRjPePpq4jHwpinvPUOGo6A-ICtTAOTF8PKeFPO5C0euG_mfSrsenTlJc0k9KTHJ8TGR6i09xBGK91ls3/s1600/grigori2.jpg
Que raro es este mundo me cae. Aunque yo también sé que nada me voy a llevar, no me siento preparado para renunciar al pequeño pedazo de mi sueldo que traigo en la cartera.
Dinero maldito que nada vale.
Perfil materialista.
Por una parte, leo que Carlos Slim vive modestamente (dice su biógrafo) con 27,000 dólares al mes y que usa ropa de una de sus fábricas (que ahorrador, compró una fábrica para que le saliera gratis la ropa), que usa un reloj del modelo más sencillo de rolex o algo así, tiene 72000 obras de arte, casi 200 empresas, todo con un valor de más o menos 60,000 millones de dólares. Él está consciente de que nada nos llevamos de este mundo, y que sólo dejamos en él el recuerdo de nuestros buenos actos y la buena formación de nuestros hijos.
Por otro lado, y hombro a hombro con la noticia de Slim, se anuncia que el matemático Ruso, Grigori Yakovlevich Perelman, se negó a recibir el premio de un millón de dólares por haber desenmarañado el problema matemático planteado por Poincaré en 1904.
Lo curioso es que este segundo ejemplo no es el de un rico que dice que el dinero es lo de menos, sino que por el contrario, este se mueve en metro y vive con su mamá, de su raquítica pensión y pequeñas inversiones en la bolsa, utilizando sus modelos matemáticos. No se afeita y anda por ahí con ropas raídas por los años de uso.
El asunto interesante es que mientras que para uno el dinero ha representado el poder para ayudar a otros y le ha permitido convertirse en el hombre más rico del mundo, para el otro, sólo representa un premio inmerecido, por resolver un planteamiento matemático que según su propia opinión, ni siquiera los especialistas de la academia que lo premia están calificados para comprobar.
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhdWRP7cxvj3k5RReqbFO1JvU4xicBprfqhsc59BldBm_EGmAlcfVaSeRs7U04ZRjPePpq4jHwpinvPUOGo6A-ICtTAOTF8PKeFPO5C0euG_mfSrsenTlJc0k9KTHJ8TGR6i09xBGK91ls3/s1600/grigori2.jpg
Que raro es este mundo me cae. Aunque yo también sé que nada me voy a llevar, no me siento preparado para renunciar al pequeño pedazo de mi sueldo que traigo en la cartera.
Dinero maldito que nada vale.
Perfil materialista.
jueves, 15 de octubre de 2009
Esta tristeza tan común no puede ser normal.
Pues si.
Últimamente caigo tan en cuenta de que esta tristeza no debe ser normal. Es común, es lo de diario, pero no es normal.
Ya me cuesta trabajo recordar la última vez que pasé un día tranquilo, sin la preocupación cotidiana de qué iré a hacer mañana para salir de mis apuros. A mi alrededor veo gente que vive sin sobresaltos, con patrimonios medianamente sólidos que les permiten tener relativa certeza de cómo estarán en un mes, o en un año, y mientras tanto yo, llevo tanto tiempo viviendo al día que no puedo saber siquiera como terminaré mi mes, ni a quien más deberé favores.
Parezco emo, tanto que critico a esos mocosos tarugos que se esmeran en sufrir alegando cualquier cantidad de situaciones irremediables en el mundo y su vida, que los hacen preferir morir. ¿Habráse escuchado antes mayor estupidez tan en boca de todos los jóvenes? No lo sé, pero a pesar de mi absoluta oposición a ese tipo de movimientos tontos en pro de sufrir, llevo años de sufrimiento, pasando de un temblor de manos y sudoración fría, al casi-llorar por cualquier idea que me pasa por la mente, de la incertidumbre y la desesperanza a la respiración profunda que inhibe el amago de un ataque de pánico, término por cierto desconocido para mí hace unos pocos años, y ahora tan sabido que soy el primero en diagnosticarlo a mis familiares y amigos cuando me cuentan de esos ataques de falta de aire, de sensación de muerte inminente, de un miedo horrible al "qué pasará".
No tengo miedo a la vida, no me siento al borde de la muerte tampoco, pero si tengo una tremenda ansiedad sobre la longevidad que pueda tener esta horrible sensación, es como el sadomasoquismo, es un no querer morirme nomás por seguir sufriendo. Esto tiene cosas buenas, muchas sin duda, pero este costal de penas que tengo por cuerpo es mucho más receptivo a las penas que a las glorias. No quiero vivir triste, menos quiero morir triste, pero muero de ganas de saber qué me depara esta vida, si me guarda por fin una adultez tranquila y sin sobresaltos, o si de plano debo hacerme el ánimo de que los problemas y las preocupaciones nunca terminan.
No sé si cuando Dios creó al mundo y nos brindó esta inteligencia, estaba pensando en que la usaríamos tan mal. Charles Darwin se equivocó en su teoría, no hemos sobrevivido los más fuertes, hemos sobrevivido los más complicados.
Era (quiero imaginar) mejor vivir en cuevas, en aquélla bendita promiscuidad sin preocuparnos de qué comeríamos mañana. Lo de menos era matar un chivo, un mamut, un perro salvaje, o al más viejo de la tribu. Con gusto me comería al tío de mi vecina y luego de eso me reuniría con mis amigos trogloditas a comentar las incidencias de la caza del día anterior, o de la hembra en turno, al tiempo que aspirara el humo de la fogata (desde luego que seríamos caníbales prehistóricos con encendedor) aderezado con esa planta que allana el camino para intercambiar impresiones con los Dioses.
Seguramente no me hubiera importado ser cromagnon, neanderthal, o lo que fuera, ya que con ese cerebro primitivo madres me valdría ubicarme en una categoría taxonómica, en algún lugar en el mapa y mucho menos en el tiempo. Esos pobres que luego imaginamos huyendo de velociraptors y tiranosaurios nunca supieron lo que era pagar impuestos por circular en sus veredas a través de valles o pagar su seguro de gastos médicos y las escuela de los niños. Casi quiero ser cavernícola, hombre eso sí, aunque ya he afirmado que en estos tiempos preferiría ser mujer. Los porqués no los comparto, pero desde luego que ser mujer es mejor ahora que en la prehistoria. En la prehistoria no existía la liberación femenina, que mal tratada se convirtió en una exaltación del feminismo que luego dejó de gustar cuando se les dejó de ceder la silla y ayudarles con los bultos, de modo que evolucionó a esta famosa "equidad de género", que afortunadamente no llegará mientras este desventurado camino evolutivo nos permita conservar estas (sabemos cuáles) benditas diferencias.
Ya pasé de ser hombre del sufrir, a ser caníbal, y me gustó. Espero llegar esta noche caminando a mi cueva después de este día de ardua cacería, poder encontrarme con una hembra y hacerle el día, tomar un trozo de muslo de terodáctilo y sentarme en mi piedra preferida a cenar viendo mi programa favorito en People & Arts.
Saludos pues.
Últimamente caigo tan en cuenta de que esta tristeza no debe ser normal. Es común, es lo de diario, pero no es normal.
Ya me cuesta trabajo recordar la última vez que pasé un día tranquilo, sin la preocupación cotidiana de qué iré a hacer mañana para salir de mis apuros. A mi alrededor veo gente que vive sin sobresaltos, con patrimonios medianamente sólidos que les permiten tener relativa certeza de cómo estarán en un mes, o en un año, y mientras tanto yo, llevo tanto tiempo viviendo al día que no puedo saber siquiera como terminaré mi mes, ni a quien más deberé favores.
Parezco emo, tanto que critico a esos mocosos tarugos que se esmeran en sufrir alegando cualquier cantidad de situaciones irremediables en el mundo y su vida, que los hacen preferir morir. ¿Habráse escuchado antes mayor estupidez tan en boca de todos los jóvenes? No lo sé, pero a pesar de mi absoluta oposición a ese tipo de movimientos tontos en pro de sufrir, llevo años de sufrimiento, pasando de un temblor de manos y sudoración fría, al casi-llorar por cualquier idea que me pasa por la mente, de la incertidumbre y la desesperanza a la respiración profunda que inhibe el amago de un ataque de pánico, término por cierto desconocido para mí hace unos pocos años, y ahora tan sabido que soy el primero en diagnosticarlo a mis familiares y amigos cuando me cuentan de esos ataques de falta de aire, de sensación de muerte inminente, de un miedo horrible al "qué pasará".
No tengo miedo a la vida, no me siento al borde de la muerte tampoco, pero si tengo una tremenda ansiedad sobre la longevidad que pueda tener esta horrible sensación, es como el sadomasoquismo, es un no querer morirme nomás por seguir sufriendo. Esto tiene cosas buenas, muchas sin duda, pero este costal de penas que tengo por cuerpo es mucho más receptivo a las penas que a las glorias. No quiero vivir triste, menos quiero morir triste, pero muero de ganas de saber qué me depara esta vida, si me guarda por fin una adultez tranquila y sin sobresaltos, o si de plano debo hacerme el ánimo de que los problemas y las preocupaciones nunca terminan.
No sé si cuando Dios creó al mundo y nos brindó esta inteligencia, estaba pensando en que la usaríamos tan mal. Charles Darwin se equivocó en su teoría, no hemos sobrevivido los más fuertes, hemos sobrevivido los más complicados.
Era (quiero imaginar) mejor vivir en cuevas, en aquélla bendita promiscuidad sin preocuparnos de qué comeríamos mañana. Lo de menos era matar un chivo, un mamut, un perro salvaje, o al más viejo de la tribu. Con gusto me comería al tío de mi vecina y luego de eso me reuniría con mis amigos trogloditas a comentar las incidencias de la caza del día anterior, o de la hembra en turno, al tiempo que aspirara el humo de la fogata (desde luego que seríamos caníbales prehistóricos con encendedor) aderezado con esa planta que allana el camino para intercambiar impresiones con los Dioses.
Seguramente no me hubiera importado ser cromagnon, neanderthal, o lo que fuera, ya que con ese cerebro primitivo madres me valdría ubicarme en una categoría taxonómica, en algún lugar en el mapa y mucho menos en el tiempo. Esos pobres que luego imaginamos huyendo de velociraptors y tiranosaurios nunca supieron lo que era pagar impuestos por circular en sus veredas a través de valles o pagar su seguro de gastos médicos y las escuela de los niños. Casi quiero ser cavernícola, hombre eso sí, aunque ya he afirmado que en estos tiempos preferiría ser mujer. Los porqués no los comparto, pero desde luego que ser mujer es mejor ahora que en la prehistoria. En la prehistoria no existía la liberación femenina, que mal tratada se convirtió en una exaltación del feminismo que luego dejó de gustar cuando se les dejó de ceder la silla y ayudarles con los bultos, de modo que evolucionó a esta famosa "equidad de género", que afortunadamente no llegará mientras este desventurado camino evolutivo nos permita conservar estas (sabemos cuáles) benditas diferencias.
Ya pasé de ser hombre del sufrir, a ser caníbal, y me gustó. Espero llegar esta noche caminando a mi cueva después de este día de ardua cacería, poder encontrarme con una hembra y hacerle el día, tomar un trozo de muslo de terodáctilo y sentarme en mi piedra preferida a cenar viendo mi programa favorito en People & Arts.
Saludos pues.
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